miércoles, 20 de enero de 2021

DOS TIROS EN LA CORDILLERA -Cuento corto-

 En octubre de 1945 yo estaba incorporado como oficial de reserva al Tercer Batallón de Tropas de Montaña en Uspallata. (Había hecho el servicio military en el año 1944, así que me tocó actuar como soldado en San Juan cuando el terremoto. Al terminar el año me convocaron como subteniente y de ese modo seguí ligado al ejército). Aunque tiene algo que ver con lo que quiero contarles, no me interesa detenerme en lo que vimos y pasamos durante esos días del desastre en San Juan. Evidentemente los hombres pueden convertirse en fieras bajo la tremenda presión de una catástrofe. Allí vimos al desnudo la verdadera naturaleza de muchas personas: algunas fueron monstruos, otros, santos. Cada individuo tuvo la oportunidad (tal vez la única en su vida) de ser él mismo, completamente.

Pero volvamos a 1945. Entre los soldados de mi compañía se encontraba un sanjuanino. Era un muchacho de regular talla, bastante delgado, pero muy saludable. Tenía unos dedos largos y pálidos, manchados de nicotina. Era el típico muchacho de barrio, que no se pierde un sábado sin bailar, donjuan de vendedoras de tienda. No me resultaba simpático aunque era tan buen soldado como cualquier otro. Se las ingenió para ser mi asistente y por esa razón llegué a conocerlo bastante más que al resto. Le gustaba conversar de cualquier cosa, y no pocas veces mis gruñidos y monosílabas lograban desalentarlo pero si le daba pie en seguida tomaba confianza y era difícil pararlo. Bueno; para ir al caso de una vez, aquel año 1945 tuvimos ejercicios en octubre. Todo el batallón salió a la montaña y cada compañía había acampado en lugares bien resguardados, en contacto pero dispersas en una superficie bastante extendida. El centro geográfico era un ojo de agua que alcanzaba para cocinar y para llenar las cantimploras una vez al día a los ciento veinticinco soldados de la compañía. Los ejercicios exigían el máximo rendimiento de cada hombre. Las marchas eran agotadoras, la comida y el agua escasas. De día el calor era abrumador y de noche la temperatura descendía casi invariablemente a cero. El sanjuanino, como asistente del Segundo Oficial de la compañía, gozaba de algunas ventajas. No le tocaba hacer imaginaria y en las marchas su equipo iba cargado en una mula.

Nuestro campamente estaba situado, según los planes, en una cornisa desde la cual se dominaba un desfiladero. Por allí tenía que abrirse paso “el enemigo” y nuestra misión era impedirle. Las patrullas de exploración volvían sin noticias concretas. Pasaba el tiempo y el enemigo no aparecía. Esto nos obligaba a redoblar las guardias de noche pues sospechábamos que tratarían de pasar aprovechando la oscuridad.  Nuestra posición era muy ventajosa pero el largo acecho ponía tirantes los ánimos. Los muchachos no podían encender fuego; hasta un cigarrillo podía delatar nuestra presencia. Además, debían dormir vestidos; nadie sabía en qué momento llegaría la orden de combate. 

Una mañana, a los tres días de esperar, el sanjuanino estaba preparando café. Hacía frío. El sol se levantaba despacio. Yo repasaba mi pistola, bastante empolvada después del trajín del día anterior. De pronto el sanjuanino me hace seña de silencio. Me muestra algo con su índice. Miro en esa dirección y veo las orejas de una liebre detrás de una piedra a unos quince metros. Disparé mi pistola sin pensarlo.  Fue una reacción instantánea. No hice puntería, pero por una de esas casualidades que ocurren de vez en cuando, di en el blanco. El sanjuanino corrió a levantarla. Al volver traía la liebre colgada por las patas traseras y venía mirando el cuerpo del animal con una expresión muy rara, como hipnotizado. “¿Qué le pasa soldado? ¿Nunca vio una liebre muerta?” Mis preguntas fueron imperiosas e irritadas; me sentía disgustado por mi imprudencia de haber hecho un disparo en el silencio de la mañana. En un instante más el Jefe del Batallón querría saber quién fue el imbécil que dejó escapar un tiro que podía poner en descubierto su plan en un segundo. El sanjuanino no estaba preocupado por eso, obviamente. “No es eso, mi subteniente. Fijesé (y al hablar acariciaba casi con lascivia las piernas de la liebre); mire si no parece una mujer en miniatura.”  “No sea bárbaro, soldado… Solo un degenerado puede decir eso…”  “Disculpe, mi subteniente, pero de repente me ha venido a la memoria algo terrible que me pasó en San Juan el año pasado.”

Tuve la impresión que algo muy profundo se había removido en su alma. El espectáculo de la liebre muerta, mi violenta reacción, o tal vez la palabra “degenerado” que yo le había lanzado a la cara, cualquiera de estas razones, o todas juntas, pudo haber desatado aquello. Lo cierto es que Remigio se sintió súbitamente compelido a contarme aquella experiencia, y a medida que hablaba parecía quitarse un gran peso de encima.

 II

Yo no le pedí que me contara, como a ustedes les consta. La mañana estaba serena, hermosa. Desde nuestra posición se veían al este las estribaciones de la cordillera teñidas de todos los colores por el sol.  En la distancia el aire las ponía azules y les confería una liviandad de bruma. Al oeste los picos se agigantaban. La nieve chispea por momentos y las quebradas todavía estaban llenas de oscuridad.  Hubiera preferido quedarme solo y en silencio, contemplando ese derroche de belleza que es la montaña al amanecer.

“Usté sabe, mi subteniente, cómo me salvé del terremoto?” (Así empezó Remigio. Había en su voz un tono tímido que no le era habitual. Hasta me hizo pensar que realmente me estaba pidiendo permiso para contarme su historia, él, que se desbordaba ante el menor estímulo). Yo estaba en el centro a esa hora.  Ese mes había tomado mis vacaciones. Usté se acuerda que hacía un calor bárbaro. Bueno, yo me metía temprano en el café a jugar al billar con los muchachos. Cerca de las doce comíamos unas empanadas o una pizza y unos vasos de vino. Después me iba a casa a dormir la siesta. Eso era de todos los días. En mi pieza, con el ventilador fijo encima, no se lo pasaba tan mal. A eso de las diez de la noche, después de la comida, empezábamos a llegar a la confitería otra vez, o nos íbamos a la plaza a charlar con las chicas un rato.

El día del terremoto yo estaba, como de costumbre, en el café, jugando a las carambolas. De repente ocurrió, como una explosión de dinamita. Nadie tuvo tiempo ni de darse cuenta. Yo levanté la vista y vi el cielo. El techo del café se abrió como si fuera de lona. No sé cómo atiné a zambullirme debajo de una mesa de billar. En el acto se vino todo al suelo. Yo sentía caer yeso, ladrillos, hierros. El polvo empezó a ahogarme. Luego hubo un silencio tremendo; hasta pensé si no estaría muerto. Pero en seguida se oyeron gritos, corridas, pitadas de vigilantes. Cuando me aseguré que estaba vivo, todavía no se me ocurrió que se trataba de un terremoto. Pensé que algo había explotado en el café. ¡Incendio! me dije; tengo que rajar de aquí. Y empecé a forcejear para abrirme paso entre los escombros que rodeaban la mesa de billar por todos lados. Entonces vino la segunda sacudida. Vea, mi subteniente, nunca he sentido nada igual.  Estaba sentado en el piso y sentía moverse la tierra como olas. Luego se sacudía de costado como una zaranda. Me sentí mareado y si es verdad que sólo duró unos segundos, le aseguro que fueron los segundos más largos de mi vida. Pero al fin pasó y con la tembladera los escombros se aplastaron alrededor de la mesa y me fue fácil salir.

Para que decirle lo que era aquello. Del café sólo quedaba una pared sostenida por las cañerías del lado de la cocina y los baños. Lo demás estaba todo parejo a ras del suelo. Llegué a la calle. Se oían quejidos en las tiendas y en las oficinas aplastadas, pero no se veía a nadie. Los muertos y los heridos estaban cubiertos por las paredes desmoronadas, sepultados bajo los cascotes y la argamasa. En el pavimento había unas rajaduras enormes; de algunas brotaba el agua a chorros.


Anduve como tonto, asustado y aturdido. Recuerdo que iba caminando por la calle a tropezones, pero no sé por dónde. De pronto apareció en una ventana con balcón de hierro una mujer. Tenía los ojos agrandados de miedo y llenos de lágrimas, pero no lloraba. Al verme juntó las manos y me gritó, ¡por favor, mis padres! Entonces recién me fije que estaba desnuda, mi subteniente. Parece que el terremoto la agarró mientras se bañaba. La reconocí. Era una de las chicas más hermosas de San Juan. Los muchachos andaban enloquecidos por ella. Yo también, pero trataba de que no me cayera mucho en cuenta. Tal vez yo estaba enamorado en serio, mi subteniente. Vaya a saber…  Pero, usté sabe, yo, un pobre empleado, no me consideraba con chances para conquistarla, de modo que nunca me animé ni siquiera a decirle un piropo. Pero la quería mucho, o la deseaba de alma, no sé bien. Y ahí estaba delante de mí, desnuda, implorando. Se tapaba la cara con las manos, olvidada de su cuerpo y repetía, mis padres, por favor, mis padres…

Ahí nomás salté por el balcón, y al verme adentro, como si ya no pudiera mas, empezó a doblarse.  Apenas alcancé a sostenerla para que no cayera. La sujete por la cintura y traté de ponerla en pie, pero era difícil. Un cuerpo desmayado es como si pesara más, así que la mantuve apretada sin saber qué hacer ni dónde dejarla para pasar a buscar a los padres, que debían estar apretados en algún lugar de la casa.  Fue en ese momento que me vino el arranque, mi subteniente; esa sensación extraña como la de hace un rato. No sé qué me paso. No me explico hasta el día de hoy. Tal vez fue el aturdimiento; tal vez estaba medio loco por todo lo que pasó en tan poco tiempo. Pero encontrarse de golpe con la mujer que uno ha deseado tanto, indefensa, sin que nadie pudiera venir, en una ciudad destruida…  Perdí la cabeza, creamé.  No sabía lo que estaba haciendo…  Cuando me levanté, creo que estaba muerta, porque no resistió ni se movió para nada. Vomité. Todo me daba vueltas. A los tumbos llegué a la ventana, pasé por sobre el balcón y me fui.

Nunca he contado esto a nadie, mi subteniente. Nunca he pensado tampoco en ese día hasta hoy. Viendo la liebre destrozada me ha venido a la memoria, punto por punto, lo que hice en esos minutos de locura, y me doy cuenta de que no tengo perdón…

Eso fue lo último que dijo. Se quedo callado, con la mirada en el suelo. Era como pedirme que lo castigara.  Su conciencia no lo dejaba vivir en paz. Lo raro es que Remigio no tenía cómo saber que esa pobre muchacha era mi hermanita, así que no me explico. Pienso que simplemente fue su destino el que lo puso en mis manos. Levanté la pistola, casi sin rencor ya, y le abrí el pecho de un balazo.

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