Cuento Corto
El ex-señor Peregal, director del Suplemento Literario del venerable matutino El Siglo, fue arrancado inesperadamente de su sueño secular por uno de esos provincianos que no saben mantenerse en sus límites cuando llegan a la capital. Cuando el visitante llegó se abrió la enorme puerta que protegía sus restos y el ex-señor Peregal salió convocado por uno de los tantos ujieres del panteón. El ex-funcionario tenía en los pómulos una mirada lisa, rasurada, de palimpesto finalmente borrado. Esa mirada -es un decir; el pobre Señor Director no tenía ya con qué mirar- significaba aproximadamente, "¿quién será el que osó penetrar hasta mi inviolado retiro?"
El pronombre interrogativo adquirió
figura humana y habló, con inocultable acento calchaquí: "Señor Peregal,
tanto gusto…Soy Próspero Albornoz, y vengo de parte de nuestro común amigo, el
doctor Fuensalida, quien ha tenido la gentileza de extenderme esta nota de
presentación…"
Luengo silencio. El difunto señor
Perengal no terminaba de emerger de su siglo. Se veía en su (sic)
apergaminada frente el esfuerzo que le costaba captar en forma extrasensorial a
esa entidad de corbata estridente que producía esos extraños ruidos. La
entelequia notoriamente pajuerana resolvió continuar su monólogo. "Señor
Peregal, soy escritor. Tengo aquí -señalando su pesado portafolios- unos
cuentos y abrigo la esperanza de que alguno se publique en el suplemento que
tan dignamente dirige".
Nuevo silencio. Abstracción, olvido,
total obliteración del tiempo. Ráfagas de años pasaron vertiginosamente por la
máscara cenicienta del ex-señor Peregal. Tal vez recordó en ese momento el día
en que llegó muy bien peinado, con sus enhiestos bigotes y sus zapatos
igualmente negros a esa misma puerta, para solicitar que le publiquen, por
favor, su primer cuento. Reparó que entre sus falagetas había un sobre celeste;
conectó las primeras palabras del joven visiblemente chiriguano con ese sobre,
y con anacrónico pudor pidió permiso (es un decir: en realidad sus tendones ya
rígidos quisieron articular la palabra permiso, pero solo se oyó un rumor de
brisa entre los sauces, aunque mucho menos poético) y se metió por esa puerta
inmensa por donde había salido. La puerta se lo tragó con final crujido de
bóveda.
Emergió después de varios minutos
durante los cuales la incertidumbre envolvió al visitante de la puna y
prorrumpió, luego de variados e infructuosos ensayos, con idéntica afonía de
ganso asustado (o de viento de los sauzales, o de aspiradora en la alfombra) en
un ultrasónico mensaje que, de haberse oído, habría dicho más o menos:
"Tráiganos un cuento en un sobre y déjelo por Mesa de Entradas". El
escritor abipón creyó oportuno interpolar algunos sonidos en ese diálogo de
ultratumba y pronunció: "Es que yo no vivo aquí, señor Peregal. Soy de
Santiago del Estero y vine a la capital por pocos días". Al tiempo que
hablaba sacudía su portafolios indicando en ese elocuente lenguaje que tenía
los cuentos ahí; que sería mucho más fácil su transferencia inmediata al
metacarpo del Señor Director del Suplemento Literario y que en último caso
hasta podía depositar una media docena de cuentos en Mesa de Entradas a
condición de que él recibiera uno, porque ya le había costado bastante llegar
al despacho del ex-señor Peregal (es un decir: estaban en la antesala, de pie)
para que ahora tuviese que entregar sus obras en forma tan anónima como si
nunca hubiera traído una carta de su gran amigo el doctor Fuensalida.
Naturalmente, el Señor Director no
pudo decodificar a tiempo tan complejo discurso manual y lo interrumpió con su
sibilante siseo de émbolo asmático: "Entonces mándelo por correo al Señor
Director de El Siglo. ¡No a mí, sino al Señor Director!"
Al joven diaguita le apreció vano
intentar demostrarle que él estaba allí de cuerpo presente, y que volver a
Santiago del Estero para despachar un cuento que tenía en las manos era un
enormísimo abuso burocrático. Por lo tanto preguntó, con infinito desconsuelo:
"Y ¿cómo se llama el Señor Director?"
Se pudo escuchar un ominoso vuelo de
parcas sobre su cabeza. El desprevenido toba no sabía qué horrenda blasfemia
comportaba esa pregunta. Todo el orbe conocía el nombre del Señor Director de
El Siglo. Sin embargo, haciendo gala de la esmerada educación recibida en
el Colegio de Ciencias Morales, el ex-señor Peregal se abstuvo de fulminar al
apóstata tonocoté y explicó: "Doctor Juan María Cazalbón", señales
aerófonas que el cuentista jurí trascribió prestamente en su libreta. No había
terminado de asentar la tilde sobre la "o" cuando el esófago
del ex-señor Peregal rugió: "¡Sin acento!" El incauto escritor
autóctono tachó obedientemente el escandaloso acento y leyó como buen egresado
de su Facultad aborigen: "Cazálbon. Entonces es Cazálbon".
La exclamación anterior había
quitado todo el resto de aires a los pulmones del ex-señor Peregal, razón por
la cual decidió ignorar el desacato del aspirante comechingón, y explicó con
magnanimidad: "El doctor Cazalbón (casi ni se percibió en acento en la "o")
lee los originales, luego los leo yo". El resto se adivinaba: "pero
es el Señor Director quien los aprueba o los rechaza".
El cuentista de tierra adentro
comprendió la importancia de dirigir los cuentos al señor Cazalbon (sin
acento): ocurría, sin duda, que el ex-señor Peregal estara muerto desde hace
varios lustros. Su nombre figuraba al frente del Suplemento Literario en virtud
de una penosa política del diario consistente en hacer creer a los venerables
difuntos del panteón que aún vivían. Era una forma de homenaje a quienes habían
sido renombrados hombres de letras allá por los años de Darío. Adheridos a una
planilla de presupuesto, seguían sentados frente a sus escritorios, haciéndose
la ilusión de que allí trabajaban, y que les era posible aprobar o rechazar
originales. Esta ilusión se prolongaba hasta que algún pagano del Bermejo, o de
Chilecito, arribaba con sus impías cartas de presentación o sus cuentitos bajo
el brazo. Entonces los difuntos caían en la cuenta de que había un doctor Cazalbón,
vivo, que realmente decidía en el diario. Cuando esto ocurría los fantasmas se
marchaban con gesto fatigado hasta sus féretros y se cerraba sobre ellos,
definitivamente, la tapa. Dos o tres días después (previa autorización del
doctor Cazalbón) aparecía una nota necrológica que invariablemente comenzaba:
"Ha dejado de existir en nuestra ciudad, a la provecta edad de noventa y
un años, el escritor Fulano de Tal, que fuera colaborador de estas páginas
desde el año 1916".
Cuando el autor sanavirón comprendió
todo esto sintió pena por el señor Peregal (le quitó el ex mentalmente), se
odió por haber decretado, con su imprudente visita, la muerte definitiva del
director literario. Pensó que habría podido publicar sus cuentos en el diario
de su provincia sin venir a ultrajar esa postergada muerte del señor Peregal.
Rogó que su profesión de odontólogo le dejara suficientes ahorros al final de
su carrera como para no tener que recurrir a ese fantasmal sinecura, ya fuera
en El Siglo o El Porvenir y hasta resolvió no volver a escribir,
par eludir su probable ingreso al panteón, de donde nadie podría redimirlo,
excepto algún audaz jovencito aymara. Dio media vuelta y se fue sin decir
adiós. Quiso evitarle al señor Peregal ese último desgaste de aire que le sería
muy necesario para regresar a su sarcófago.

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