lunes, 23 de marzo de 2020

LA PULSERA DORADA (*)


            -¡Señor! ¿Me permite?
            Se detiene
            -¡Señor!...
            Lo alcanza una muchacha bellísima, con aire preocupado.
            -Se me cayó la pulsera hace unos minutos. Perdóneme pero lo vi agacharse a recoger algo...
            El señor extiende la mano con la pulsera dorada, sin hablar.
            -Esa es... Gracias, señor, muchas gracias.
            -Tengo la mala costumbre de mirar siempre al suelo; es por eso que siempre encuentro cosas. Las mujeres, sobre todo, pierden los objetos más increíbles. Yo los guardo con la esperanza de encontrar algún día a sus dueñas...Pero nunca doy con ellas.
            -Al parecer ha cambiado su suerte... Digo (se corrige ruborizada) ahora la ha encontrado. Pero en realidad la que tuvo suerte fui yo...
            -No diga eso, señorita... Ha sido una coincidencia muy feliz. Lástima que usted se irá por su camino y ya no volveré a verla. Es difícil conformarse, ¿no?
            -¿Y por qué no vamos a vernos? ¿Usted no es de acá?
            -Sí; vivo acá, pero no salgo nunca. Además, esta ciudad se está haciendo tan grande... Mi única diversión es el cine. Ahora mismo salía de ver una película. Pero usted sabe que para un hombre como yo, el cine es una diversión solitaria.

            Ella esboza un ademán de despedida pero retira la mano al ver que él no parece darse cuenta. Siente ganas de darle su nombre, de demostrar su agradecimiento de algún modo, pero ese hombre extraño ya parece ausente. Sus ojos se han apagado y todo su rostro se ha vuelto inexpresivo.
            Ella musita su ya previsto "muchas gracias", sonríe con timidez, y se aleja.
           
*
           
                  Pensé mucho en ella esa noche. Los rasgos de su cara se me hacían cada vez más claros. No podría olvidarla aunque quisiera. Reconocería esos ojos y esa voz en cualquier parte.
            Empecé a salir con frecuencia, esperando secretamente encontrarla, pero no podía imaginarme dónde ir a buscarla. En el cine miraba a todos lados: lo mismo en el teatro y las bibliotecas, mis lugares favoritos. Pero nada me garantizaba que ella también perefiría esos lugares. Un domingo hasta fui al hipódromo y a la noche entré en una whiskería. Ni señas de ella. Para mejor, no sabía su nombre. Pero un día la encontré en la calle, simplemente. "Señor...señor... ¿No se acuerda de mí?" Incliné la cabeza bastante confuso y sólo pude decir: "Pero claro...¿Cómo está?"
            Esta vez fue distinto. Hablamos largamente mientras el río humano pasaba rumoroso a nuestro lado. La curiosidad la impulsaba a apresurar una amistad que a mí me costaba mucho iniciar. Pero ella supo hacerlo muy bien; ni siquiera me molestó su interrogatorio en plena calle. Cuando nos separamos ya éramos amigos y prometimos vernos. Nos encontramos varias veces en el centro. Tomábamos muchas tazas de café hasta que uno de los dos caía en cuenta de la hora, porque hablando con ella se devanecía el tiempo. Creo, inmodestamente, que a ella le pasaba lo mismo conmigo.
            Un día la invité a visitarme. Me sentí muy acortado al hacerlo, pero ella aceptó con naturalidad, como si hubiera esperado mucho tiempo esa invitación.
            Al entrar se paseó por mi estudio observando. Yo tenía retratos y fotos de mujeres célebres en las paredes. Casi todas eran amigas mías, o habían entablado relación espistolar conmigo. Mejor dicho, yo había buscado esa relación. Eran actrices, o pintoras, y no pocas poetas. Pero además estaban las vitrinas, donde guardo mi colección de objetos femeninos encontrados por mí. Es una vieja manía bastante inocente, supongo. Tengo muchos aros sin compañero, flores artificiales, pequeños lápices de oro, espejitos de cartera, guantes, lápices labiales, tarjetas de visita... Cosas que las mujeres dejan olivdadas en el teatro, los taxis y los consultorios.
            "Cuántas mujeres hay aquí... No puede quejarse de falta de compañía", dijo al terminar su inspección. "No haga caso. Ninguna de esas mujeres me conoce. Las dedicatorias las escribo yo, o lo que es lo mismo, las solicito. Nunca he tenido una amiga de verdad, y nadie entró aquí antes de usted." Todo lo cual era casi totalmente cierto.
            Hilda se aproximó a una de las fotos autografiadas. Era una actriz europea que triunfó en América después de la guerra. Siempre insistía en sus cartas alentándome a publicar. Su autógrafo era una broma dirigida a mi terquedad: "Al escritor desconocido y genial." Hilde fingió creer que era falso y no hizo ningún comentario, pero noté que su curiosidad iba cediendo a la compasión. A mí me pone muy incómodo notar que las personas se muestran compadecidas de mi soledad. No acepto fácilmente esos sentimientos; me degradan un poco.
            Vino varias veces a casa, pero no me importunaba. Sabía cómo hacerme olvidar su presencia. Se sentaba a leer y pasaba horas sin decir nada, casi sin moverse, mientras yo escribía. No se sentía desairada; sólo esperaba su oportunidad de serme útil. Una tarde me dijo, "quiero que me prometa una cosa" -como para dejar en claro su papel-: "que haya absoluta sinceridad entre nosotros. Si me necesita, me llama, y si le molesta que venga, me lo dice. ¿De acuerdo?" Yo no podía creer que hubiera alguien así. La quedé mirando un buen rato. Pensé que de todos modos no me atrevería decirle si alguna vez me molestaba su presencia, y que en realidad me resultaba grato tenerla cerca. "Prometido", le dije. Ella tal vez adivinó mi vacilación porque insistió tranquilizadora: "Se lo digo en serio... Quiero llenar la soledad hasta donde sea útil. Siento que usted se está anulando a fuerza de encerrarse en sí mismo. Quiero traer el mundo hasta aquí. Pero no se asuste... Va a ser un mundo tranquilo y manejable a voluntad como una radio. Hablaré si me lo pide, pero no más. Tengo el presentimniento que sus novelas no avanzan por falta de humanidad. Quiero que conozca a los seres humansos por mi intermedio."
            "Eso es demasiado... No hay nadie capaz de semejante desinterés", le contesté un poco escandalizado. "No es desinterés. Yo voy a ser una especie de socio, si me permite. Seré la ambición y la vanidad que le faltan. Como no quiero que pierda el tiempo, no voy a interrumpir su trabajo, pero quiero estar cerca cuando me necesite. ¿Ve que no es tan gratuito mi ofrecimiento?"
            El arreglo quedó sellado en forma tácita. Me sentí culpable al principio; pensé que aceptar ese trato era abusar de esa muchacha que se dignaba traerme su alegría. También me sentí halagado como hombre por haber conseguido la adhesión de una mujer tan bella como Hilde. Supongo que triunfó la vanidad.

*

           El estudio está ya casi oscuro. Hilde se levanta, enciende la lámpara del escritorio y luego se va a la cocina. Él apenas nota esos movimientos; la mira salir y se queda inmóvil hasta que ella aparece con dos tazas de café.
            -Dígame Hilde, ¿usted cree que hemos superado el romanticismo?
            Hilde no sabe, así de golpe, si esa pregunta es algo así como un exámen, si realmente le interesa su respuesta, o si la preguntga sólo tiene por objeto romper el silencio y anunciarle que está autorizada a hablar. Su instinto le aconseja hacer tiros al aire y opta por oponerse retóricamente para presentar la contraparte del asunto.
            -Siempre hay románticos... y los otros que no lo son. Siempre hubo romanticismo, y no me molesta. Ahora, dígame una cosa: ¿usted me pregunta si el movimiento romántico ha terminado?
            -Eso mismo. Cuando uno más piensa llega a dudar si existió algo llamado "movimiento romántico". Pero, aceptando que existió, ¿cuánto duró?, ¿cuándo terminó?, ¿sigue todavía? ¿Son otras tantas formas de romanticismo las tendencias modernas? Y si no ¿qué son? Porque yo no veo tendencias clásicas, si es que eso existe también. Además, todo lo que no es romanticismo, ¿tiene forzosamente que ser clásico? ¿Por qué nos nutrimos de antinomias? ¿Por qué nuestra inteligencia es tan terriblemente lineal? ¿Por qué oscila siempre entre dos polos? ¿No hay una tercera dimensión en el pensamiento?
            Hilde se da cuenta de que no es necesario responder. Recoge las tazas y al volver de la cocina lo encuentra sumido en sus papeles. Parece haber olvidado el problema y haberla relegado al olvido. Machaca furiosamente las teclas; Hilde vuelve a su libro.

*

            El sistema funcionó bien. Empecé a producir tanto que los papeles desbordaron pronto el escritorio. Hilde se encargaba de recoger las páginas, ordenarlas y... leerlas. Hasta se ofreció a pasarlas en limpio, pero no acepté. Rechacé su ofrecimiento con mucho tacto. Desconfío de la ortografía de las mujeres y no me hubiera gustado tener que releer los textos para asegurarme que no tenían errores.
            En cambio resultó ser excelente crítica. Mientras leía me iba haciendo observaciones muy certeras. Me decía cosas como ésta: "¿No le parece que esto suena muy sentimental? No hay para qué subrayar algo que es naturalmente triste. Este adjetivo sombrío e innecesario." Casi siempre me rendía a su opinión: "Tiene razón Hilde. Ahora que lo escucho me doy cuenta. Táchelo, ¿quiere?"
            Andando los días se permitió marcar muy suavemente con lápiz las palabras repetidas, inversiones que mejoraban una frase, o algún término impreciso. Me acostumbré no sólo a aceptar esa colaboración, sino a consultar su parecer. El trabajo en equipo siguió con gran entusiasmo de ambos. Cuando Hilde propuso llevarse los originales de la primera novela terminada y aprobada por los dos, yo no opuse ninguna resistencia. Raro en mí; yo no me habría aventurado a tanto.
            La novel se publicó, y se agotó de inmediato. Se hizo una segunda impresión y en pocos meses una tercera. Los críticos dijeron que había surgido el novelista esperado; el que por fin insertaba a la Argentina en el proceso renovador de la narrativa americana. La Nación dijo que la gran novela del Siglo XX acabada de nacer con Implacable Febrero, de Alfio Selén. (No la firmé con mi nombre; inventé ese seudónimo, y más tarde me pesó haberlo hecho, porque también el nombre del autor desató un sinnúmero de especulaciones).
            Jorge Luis Borges, atraído por el estruendo que levantó mi novela, rompió su vieja conducta de no leer autores contemporáneos. No se si le interesó mi novela, no se incluso si la habrá leído, pero se puso a teorizar sobre su autor en una nota aparecida en Marcha. La recorté, un poco por ser de Borges y otro porque en ella se hacían sorprendentes conjeturas sobre la posible identidad del autor, con notable acierto. Llegaba a sugerir que todos los argentinos (incluso Jorge Luis Boges) éramos un poco Alfio Selén, a causa de nuestra manía persecutoria que nos induce a esconder nuestro rostro verdadero. El final era un despliegue de sus propias astucias estelísticas, pero quién puede culparlo por eso. "Aunque existe como nombre de varón (yo conocí a un viejo criollo oriental que fue asistente de mi olvidado tío el coronel Borges, que se llamaba con toda ecuanimidad Alfio Somorrostro) en este caso no es un nombre propio -aunque sería una flagrante injusticia decir que es un nombre común- sino una elaboración literaria de la voz alfa, el aleph  de los hebreos, primera letra del primer alfabeto, cifra cabalística con resonancias de álgebra y astronomías. Selén, de modo escasamente solapado, denota a la luna. Este escritor, que acaso sea la creación de alguien más sabio o menos contingente, se me revela como un ser tímido que para despistar a los curiosos, se escuda detrás de un nombre remoto, nombre que apunta a las estrellas y la luna. Entiendo que éste es un novelista avergonzado de su propia genialidad, y no sería improbable encontrarlo en alguna biblioteca suburbana, catalogando infinitos catálogos bibliográficos."
            Mi notoriedad creció velozmente. A pesar de mis esfuerzos, algunos periodistas lograron tomarme fotografías que los diarios difundieron con generosidad. Mi rostro se hizo familiar y no era raro que al entrar en una librería se oyeran cuchicheos exitados en los que destacaba la palabra "escritor". Más de una vez alguna oportunista se apresuraba a comprar la novela para abordarme luego: "Señor Selén... ¿Sería tan amable?" extendiendo una lapicera y el libro abierto.
            También se dijo que todo el misterio era una maniobra publicitaria de la editorial y que el libro de Selén había recibido una promoción exagerada. Yo sonreía interiormente; sin embargo, me irritaba sobremanera que me llararan Selén. Mi fama y mi seudónimo se hacían cada vez más pesados, más ajenos; no los sentía como éxitos personales. Finalmente opté por salir sólo lo indispensable para evitar las impertinencias de la gente.
            En cambio Hilde estallaba de alegría. Sé que no era esa la intención, pero cuando entraba en mi casa su sonrisa parecía decir: "¿Viste que triunfo? Todo lo hice yo…"
            Entraba radiante y me besaba con cierta ligereza que hería levemente mi amor propio. Me daba la idea de ser un boxeador o un caballo de carrera y que me cuidaba para que no perdiera la forma. Además Hilde se volvió demasiado familiar. A ratos se comportaba como una esposa, como el día que me trajo un sweater: "¿A ver, querido?" dijo entusiasmada y quería que me lo probara en ese mismo instante. La encontré decidiamente invasora.
            Con su presencia ya inevitable, con su envolvente cariño, me arrebató mi soledad. No era cuestión, tampoco, de recordarle el pacto de no interferir. Dejé abandonada mi colección de objetos femeninos y los retratos de mujeres en mi estudio me empezaron a parecer tontos. Resolví guardarlos en un baúl. Mi casa estaba siempre limpia y ordenada, pero nunca podía hallar el libro que estaba leyendo la noche antes. Cuando ella no existía, yo sabía muy bien dónde buscarlo: en el sillón donde leía de noche, o en el suelo, junto a mi cama. Pero ahora tenía que moverme en las redes de un orden que no comprendía. Cariño, orden, horario, habían cambiado completamente mi vida sin que yo me diera cuenta, y lo malo es que yo no sabía hasta qué punto me compensaban por la soledad perdida.

*

            Se resiste a esbribir. Hace horas que está sentado ante su escritorio con las manos en la nuca, mirando el techo. Hilde entra con su ancha sonrisa pero se queda seria al verlo allí tan quieto y con la cara larga.
            -¿Qué hace mi escritor desfallecido? -pregunta, a ver si su broma logra desterrar el mal humor.
            -Nada… No quiero hacer nada hasta que la gente se olvide de mi.
            -Pero, ¿te molesta tanto la gente? Yo no veo que interrumpan tu trabajo, o tu descanso. Nadie viene a golpear la puerta.
            -No. Pero han enturbiado mi vida. Ahora soy "un hombre público". Ya no tengo intimidad.
            -Ese el precio de la fama, querido…
            -Yo nunca quise ser famoso.
            -Pero vivías triste en el anonimato. Y te sentías triste porque tenía algo que dar a los demás y no podías darte mientras te encerrabas por temor a la vida.
            -Bueno. Ahora ya he dado mi mensaje. Me gustaría que me dejan tranquilo, pero según parece no puedo volver atrás.
            -Es que sos un hombre público. Tal vez no sea esa la palabra justa. Sos un hombre útil. La gente lo ha descubierto y te reclama. Yo pienso que ni siquiera tenés derecho a negarte. Todos esperamos de vos…
            -¿Por qué? ¿Quién les dio derecho sobre mí? ¿Quién les dijo que podían esperar algo de mí?
            -Vos mismo… Tu libro está lleno de señales, de llamados. Tu público se congregó a esos llamados y ahora quieres alejarlo de tu lado. No puede ser, querido…
            -No puede ser… Tienes una forma tan categórica para todas las cosas… Siempre convences… Siempre me arrastras… Ya lo hiciste una vez. Prometiste traer el mundo a mi rincón y lo hiciste. Dirías que serías la ambición y la vanidad que me faltaban, y lo hiciste. Me puse a escribir desaforadamente, pensando en el libro, en ese artículo de consumo, como si lo único importante en mi vida, para mí, fuese la fama y el aplauso…
            -Un momento, señor egoísta… Usted ha sido siempre un escritor. Con público o sin él. Yo no lo puse a escribir. Usted se lo pasaba escribiendo antes de conocerme y anhelaba en el fondo el contacto con los otros seres humanos. Su timidez, o su altivez, lo inhibían. ¿Recuerda? Yo no he sido más que un puente entre el mundo y usted. No me acuse ahora de haberle robado la paz…
            En la última frase a Hilde le tiembla la voz y sus ojos están brillantes de lágrimas.
            -No, Hilde… Perdón… No quise acusarte de nada. Cuando hablo con vos no pienso que estoy hablando con otra persona. Es como un monólogo. Vos sos parte de mi mismo… No te incluyas en "el mundo". Vos sos yo mismo…
            -Sí, comprendo. He ingresado a tu vida desapareciendo como persona. No soy más que una parte de vos mismo. Pero dejaste afuera mis sentimientos. No me has incorporado como mujer. Nunca te diste cuenta de que cuando una mujer hace lo que yo hice hay una sola razón: está enamorada. Mi cariño no contó para nada. Te pareció que era lo más natural del mundo. Creíste que no te obligaba a nada puesto que yo vine hacia vos sin qie me llamaras. Ahora veo que no te hago falta. Que no te hice falta nunca. Puedes quedarte con tu soledad.
            El escritor se queda pensativo. Las palabras de Hilde empiezan a tomar cuerpo en su mente. Se van agigantando hasta converstirse en un ser humano, distinto de él, en una mujer que está parada ahí, esperando.

*

            La miré. Hilde estaba hermosa con sus ojos grandes y desolados, pero casi preferí que no estuvuera allí. Jamás pensé que esa mujer pudiera hablar de sí misma. Tampoco se había ocurrido que yo fuese capaz de causar sufrimiento a nadie. En verdad no hice nada para que ella sufriera. ¿O tal vez sí?
            Comprendí en ese instante que la vida es una fuerza extraña sobre la cual no tenemos ningún poder. Las personas y sus problemas se le meten a uno de contrabando y la arrastran a sus remolinos. Esto lo veía claro. Lo que no era tan fácil de comprender era por qué tienen que buscarlo a uno y comprometerlo si uno sólo quiere vivir su vida. Yo nunca nunca pedí nada a los demás. Nunca llamé ni salí a buscar a nadie. Y de pronto, una mujer, Hilde, estaba reclamando una parte de mi vida, invocando el amor, nada menos…
            Ella me miraba como buscando un signo de comprensión, un gesto de simpatía, pero sin duda mi cara sólo expresaba perplejidad. Levantó su cartera y sus guantes, y salió. Cerró lentamente la puerta de calle, como si alguien estuviera dormido, y oí su taconear firme en la vereda.
            No pensé en ese momento que se alejaba para siempre. Sólo cuando oí cerrarse la puerta tuve la certeza de que Hilde se iba, de que la perdía. Entonces exclamé muy bajo, como si ella estuviera todavía dentro de mí mismo: "¿Hilde?". Y luego más alto, casi en un grito: "Hildeee!"
            Pronunciar su nombre en el vacío me trajo un pavoroso sentimiento de abandono. Pero ya era muy tarde. Sólo contestaron las paredes vacías. En las vitrinas callaba mi colección de objetos femeninos: aros, prendedores, botones…
            Sentí un goce amargo al reencontrame con mi soledad. Ese viejo sufrimiento de estar solo entre pequeños testimonios que el mundo existe, volvió a invadirme. Encendí la lámpara de mi escritorio y me puse a recorrer la casa entre dolorido y liberado.

* Incluido en el libro: CUENTOS DEL CONCURSO GASPAR L. BENAVENTO -Buenos Aries - 1977

Primeros comentarios de las redes sociales sobre el cuento:
Patricia Manca Un placer leer este cuento! Gracias
Jorge José A Paliza La verdad Luis muy lindo no me aguante y aunque estaba haciendo otras cosas me puse a leer. Realmente atrapante el relato y despierta muchos sentimientos mientras se los lee. Lo disfrute muchas gracias por compartir y con tu permiso lo compartimos seguramente será del agrado de muchos la lectura. Un abrazo grande👏👏😁🤗

Nano Albornoz Atrapante relato amigo. me tuvo hipnotizado hasta el final. Gracias.
Nora Isabel Gomez Salinas Me llamo la atención el título,ocurre que siendo muy joven perdí mi pulsera regalo de mis viejos. Lloré varios días,era como que había perdido la mano de ellos que me cuidaban en esa profunda y temerosa soledad cuando me enviaron a vivir sola en BS. As. Mi pulsera me fue devuelta por dn. Pedro jardinero de una majestuosa casa de BELGRANO. Me atrapó este cuento pensando... Y Hasta coincidi con su final. Gracias por compartir !
Anibal Diego López Me gustó mucho el cuento de su padre don Luis mire vea...sin duda un escritor que manejaba bien el género. Me atrapó hasta el final.
Anibal Diego López El cuento además me interpeló. Tengo mas de 15 cuentos esperando para ser publicados...y lo vengo postergando y postergando. Y vivo sólo también. Y hace mas de 4 años que no escribo otra cosa que notas, Como que perdí la inspiración...o la motivación. De modo que...gracias.
Anibal Diego López Debería encontrar a alguna Hilde que me importune...

2 comentarios:

  1. Me encantó
    Gracias por regalarnos y permitirnos disfrutar de la obra literaria de tu viejo, y de su música también. Abrazo

    ResponderEliminar